miércoles, 27 de abril de 2016

‘¡Hacerse los muertos, que si no os matan!’

Los supervivientes de la Desbandá llegaron apenas con lo puesto a la Almería de 1937 tras haber vivido de un éxodo forzoso. Ese periplo sin retorno lo viven cada día miles y miles de personas en otras zonas del mundo y se les conoce como refugiados. Los testimonios que se recogen con sumo cuidado en el libro ‘1937 Éxodo Málaga Almería’, escrito por Andrés Fernández y Maribel Brenes, narran en primera persona el drama de algunos de los cerca de 300.000 andaluces que, según los autores, huyeron despavoridos desde Málaga hacia Almería para escapar a las represalias del ejército franquista. Mujeres que eran apenas niñas y hombres demasiado jóvenes cuentan su amarga experiencia. María, Carmen, José, Amparo y Manuel reconstruyen aquella Desbandá en nombre de todos, 79 años más tarde.

‘YA VOLABAN LOS AVIONES’

María Molina inició la Desbandá desde su pueblo de origen, Alhama de Granada. Aquella fecha nunca la arrancaría de su memoria. 22 de enero de 1937. “Este día salimos del pueblo porque ya volaban los aviones y los bombardeaban”. Comenzaba el duro camino de una niña que solo soñaba con volver de nuevo a su casa, sin entender qué era aquella guerra. “A nosotros nos llevaron a Guadix, donde diariamente la aviación bombardeaba la estación de ferrocarril. Cuando amanecía ya estaban las sirenas pitando para que buscáramos refugio”. María tenía solo trece años.

La familia de Carmen de los Ríos venía de mucho más atrás, desde la zona de origen, Málaga capital. Con tan solo seis años rememora las frases de toda la gente que caminaba junto a su familia. “Recuerdo que cuando tiraban las bombas, la gente decía cuerpo a tierra y decían ‘¡hacerse los muertos que sino os matan!’ Cuando pasaba un rato se oían miles de voces llamándose unos a otros porque se perdían, mamaaaaaa, Antonioooo, Juaaaaaan”. Huiría en aquella carretera de la muerte junto a su hermana, su tía Jesusa y el novio de ésta. Cuando vio a su madre, al acabar la guerra, no lograba reconocerla. Con tan solo 39 años, tenía demasiadas heridas y sufrimiento. “El dolor la había hecho envejecer” por el fusilamiento de su marido.

‘PEPE, TIENES QUE VENIR CON NOSOTROS’

“Era andar y andar descalzo, sin comer, echando sangre por los pies, ¡un desastre! ¡un horror!”. José Alarcón García era un niño de apenas siete años en la terrible Desbandá. El mensaje de Queipo de Llano, que prometía paz a los que no tuvieran las manos manchadas de sangre, llevó a su padre ante el pelotón de fusilamiento. “Mi padre decía, como no he hecho nada, yo vuelvo a mi pueblo con mis hijos y haré frente a lo que sea”. Al llegar José y su familia solo pasaron dolor, hambre y enfermedades. Una mañana, a los pocos días, una pareja de guardias civiles le diría “Pepe, tienes que venir con nosotros”. José nunca volvería a ver a su padre. “Eso no lo olvidaré en la vida. Me dejó tocado de por vida”.

Foto de Amparo Gallardo en la época.

Foto de Amparo Gallardo en la época.

La huida de Amparo Gallardo comenzó en el pueblo malagueño de Vélez Málaga. Con doce años recuerda el duro frío de aquel invierno de 1937. “Hacía mucho frío y la caminata se hacía cada vez más penosa, por lo que muchas personas empezaron a tirar cosas y a abandonar a animales”. Las separaciones de familias en la carretera eran constantes. Amparo recuerda que su “madre que estaba enferma del corazón, decía que no podía andar y nos pedía que la dejáramos atrás para no retrasar la marcha. Tenía las rodillas llenas de sangre. Mi padre se rompió la camisa para vendarnos los pies porque teníamos los zapatos rotos”. A pesar de las dificultades, lograrían llegar andando hasta Almería capital cuatro días más tarde.

SIN PERDÓN

Antonio Aranda y Dolores Pelayo partieron del pueblo malagueño de Cañete la Real, apenas como lo puesto. “Solamente con un hatillo con ropa de abrigo y una manta”. A pesar de que el frío arreciaba en todo momento, Dolores iba embarazada y tenía serias dificultades para andar. Intentaban dormir debajo de los olivos para quitarse el frío de los huesos. El 10 de abril de 1937 nacería el hijo de Antonio y Dolores, José Aranda Pelayo. Al regresar a Cañete La Real, Antonio pasaría por la cárcel del ayuntamiento, siendo fusilado en las tapias del cementerio y enterrado en una fosa común desconocida.

Dolores Ortega también era de Cañete. Pasaría aquel tramo junto a su hija de dos años y embarazada. En uno de aquellos días, pasaría por el pueblo de Rincón de la Victoria, donde dormiría junto a su hija para resguardarse del frío, sin darse cuenta que todas las personas que había en el túnel eran cadáveres de los intensos bombardeos. Dolores llegaría a Almería andando. Trabajaría en los campos almerienses y se trasladó a Murcia a los pocos meses. En una granja habilitada por el gobierno republicano, su hija de dos años moriría de neumonía. Su nieta cuenta que “su tío nacería el 14 de junio de 1937. A su marido lo volvería a ver acabada la guerra en Granada”. Moriría asesinado en la cárcel de Campillos meses más tarde.



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